jueves, 25 de noviembre de 2010

Zonas Húmedas -Dos primeros Capítulos- Por Charlotte Roche


Desde que tengo uso de razón sufro de almorranas. Durante muchos años pensé que no podía decírselo a nadie, ya que las almorranas sólo les salen a los abuelos y siempre me parecieron muy impropias de una chica. ¡Cuántas veces habré ido al proctólogo! Pero el hombre me aconsejaba dejarlas donde estaban mientras no me causaran dolor. Y dolor no me causaban. Sólo me picaban. Para remediarlo, el doctor Fiddel, que es mi proctólogo, me recetaba una pomada de zinc.

Contra el picor exterior se pone la cantidad del tamaño de una avellana en el dedo que tenga la uña más corta y se reparte por el anillo anal. El envase viene con uno de esos aplicadores puntiagudos dotados de muchos orificios que se pueden introducir en el ano y permiten la inyección de la pomada en pleno recto. Así es como logro calmar la picazón interior.

Antes de tener ese ungüento me rascaba durante el sueño el ano con tanta fuerza que por la mañana me despertaba con una mancha de color chocolate en las bragas tan gruesa como una chapa de botella. A gran picor, buen dedo rascador. Como ya decía, algo muy impropio de una chica.

Mis almorranas tienen un aspecto muy particular. Con los años han ido prolapsando, y ya tengo todo el anillo anal rodeado de lóbulos cutáneos nubiformes que se parecen a los tentáculos de una anémona de mar. El doctor Fiddel llama a eso coliflor.

Dice que quitarlas sería una intervención puramente estética que él sólo realiza si se convierten en un verdadero problema para alguien. Una buena razón para hacerlo sería, por ejemplo, que a mi amante no le gustaran o que me sintiera avergonzada a la hora del sexo. Pero yo eso jamás lo admitiría.

Si un tío me quiere o está enconado conmigo, esa coliflor no debería tener ninguna importancia. Además, llevo muchos años, desde los quince hasta los dieciocho que tengo ahora, sin que mi hipertrofiada inflorescencia me haya impedido practicar el sexo anal con gran éxito. Gran éxito significa para mí: correrme a pesar de tener la polla metida solamente en el ano y sin que me toquen nada más. Estoy muy orgullosa de ello.

Por otra parte, es la mejor manera de comprobar si un tío me quiere de verdad. Ya en uno de los primeros encuentros le pido mi postura favorita, la del perrito, o sea, a cuatro patas y con la cara hacia abajo, en la que él viene por detrás y busca con la lengua el chochito mientras su nariz se hunde en mi ano. Eso implica un avance pausado y paciente, ya que el ano está cubierto con mi hortaliza. La posición se llama cópula facial. Nadie se me ha quejado todavía.

Cuando se tiene una cosa así en un órgano importante para el sexo (¿el culo llega a ser un órgano?), hay que ejercitar la relajación. Ejercicio que a su vez ayuda a soltarse y distenderse de cara a la relación anal, por poner sólo un ejemplo.

Dado que en mi caso el ano forma parte explícita del sexo, está sometido al imperativo moderno de la depilación, igual que el chochito, las piernas, los sobacos, la zona supralabial, los dedos gordos de los pies y el empeine. Naturalmente, la zona supralabial está vedada a la hoja de afeitar y queda reservada exclusivamente a la pinza depiladora para prevenir, como todas hemos tenido ocasión de aprender, que el bigote se vuelva cada vez más tupido. Una chica tiene que evitar eso. Antes, yo era muy feliz sin afeitarme, pero luego empecé con esa memez y ya no puedo dejarlo.

Volvamos a la depilación anal. Al contrario que otra gente, coñozco perfectamente el aspecto de mi agujero; lo observo todos los días en el cuarto de baño. Es fácil: hay que ponerse con el culo de cara al espejo, separar las nalgas con fuerza hacia los lados, mantener las piernas rectas, agachar el torso con la cabeza hasta casi tocar el suelo y mirar atrás por entre las piernas ligeramente abiertas. En esta misma posición efectúo también el afeitado del ano, con la diferencia de que la operación me obliga a soltar una de las nalgas para poder rasurarme. Coloco la maquinilla sobre la coliflor y empiezo a depilar la zona de dentro afuera, con ganas y coraje. Se puede deslizar la hoja hasta la mitad del glúteo porque hay pelos que llegan a extraviarse hacia esa zona. Como la depilación es una cosa que en el fondo me revienta, tiendo a ejecutarla con prisa y a lo loco. Y fue justo en una de ésas como me provoqué la fisura anal que ahora me tiene hospitalizada. Todo por culpa de tanto rasurado femenino, tanto «siéntete como Venus» o «sé una diosa».

Quizás no todo el mundo sepa lo que es una fisura anal. Se trata de una grieta o corte muy fino en la epidermis del anillo que, si se inflama (cosa por desgracia muy probable en esas partes bajas del cuerpo), produce un dolor infernal. Como el que yo siento en estos instantes. Además, el esfínter está siempre en movimiento, cuando hablas, ríes, toses, caminas, duermes o, sobre todo, cuando estás sentado en el váter. Pero eso sólo lo sé desde que empezó a dolerme.

Las almorranas hinchadas aprietan con toda la fuerza contra la herida que me causé en el afeitado; hacen que la fisura se dilate cada vez más y me provocan el dolor más grande que jamás he experimentado. Con creces. Inmediatamente después, en el segundo puesto del ranking de dolores, están los que me produjo mi padre al cerrar con un golpe tremendo la puerta del maletero de nuestro coche raspándome, raaaassss, la columna vertebral de arriba abajo. Y los terceros en intensidad los sentí cuando me arranqué el piercing del pezón al quitarme el jersey. Desde entonces mi pezón derecho se parece a una lengua bífida, como de víbora.

Estaba hablando de mi ano. Entre unos dolores horrorosos me fui arrastrando del instituto al hospital y enseñé mi corte a todo médico que quisiera verlo. Enseguida me dieron una cama en la unidad de Proctología, ¿o se dice unidad de Medicina Interna? Medicina Interna suena mejor, además no vamos a suscitar la envidia ajena con tanta especialización. De todas formas, lo preguntaré cuando esté libre del dolor. Ahora tengo que procurar no moverme y permanecer tumbada en esta posición embrional: con la falda levantada, las bragas bajadas y el culo mirando a la puerta para que cualquiera que entre sepa al instante cuál es la madre del cordero y de todos los dolores. Parece que la inflamación está al rojo vivo porque todos los que han entrado han exclamado un «vaya» unísono.

Dicen también que tengo pus y una ampolla repleta de líquido colgada del ano. Me imagino que la ampolla debe de tener la forma que adopta el cuello de esos pájaros tropicales cuando se infla de aire en época de celo. Una bolsa tensa de un brillante color rojo y azul. El siguiente proctólogo que entra se limita a decir:

—Buenos días. Soy el doctor Notz.

Y entonces me clava algo en el ano. Siento cómo el dolor me taladra la columna vertebral hasta llegar a la frente. Casi pierdo la conciencia. Después de varios segundos de dolor intensísimo tengo una sensación de humedad, como si algo estuviera reventado, y pego un grito:

—¡Ay! Avise, hombre. ¿Qué ha sido eso?

—Mi pulgar. Disculpe, pero el grosor de la ampolla no me dejaba ver lo que hay detrás.

¡Vaya manera de presentarse una misma!

—¿Y ahora qué ve?

—Tenemos que operarla inmediatamente. ¿Ha comido algo esta mañana?

—¿Cómo voy a haber comido con tanto dolor?

—Bien, entonces le pondremos anestesia general. Con el diagnóstico que presenta es mejor así.

Me alegro. Prefiero no enterarme de esas cosas.

—¿En qué consistirá la operación?

La conversación ya ha llegado a cansarme. Me cuesta centrarme en algo distinto al dolor.

—Vamos a hacer una incisión cuneiforme para extirparle el tejido inflamado alrededor de la fisura.

—No entiendo lo de cuneiforme. ¿Me lo puede dibujar?

Parece que al doctor Notz suelen pedirle un croquis de la intervención que va a realizar. Está deseando irse. Mira hacia la puerta y suspira imperceptiblemente.

Por fin se digna sacar el boli plateado del bolsillo de la solapa. Un artilugio de aspecto pesado y al parecer valioso.

Mira a su alrededor como si buscara un trozo de papel para dibujar encima. No le puedo ayudar y espero que no crea que voy a hacerlo. Cada movimiento me duele. Cierro los ojos. Algo cruje y oigo cómo arranca un pedazo de papel. No puedo menos que volver a abrir los ojos, el dibujo que me va a hacer me tiene muy intrigada. Sostiene la hoja en la palma de la mano y garabatea algo encima. Después me presenta su obra. Leo: col rizada con crema de leche. ¡No puede ser! Ha arrancado un trozo del menú. Le doy la vuelta a la hoja y veo que ha trazado un círculo que, supongo, representa mi ano. Presenta una hendidura aguda, de forma triangular, como si alguien se hubiera llevado un trozo del pastel.

¡Ah, ya! Muchas gracias, doctor Notz. Con el talento que tiene, ¿no ha pensado nunca en dedicarse a la pintura? El dibujo no me sirve en absoluto. No me aclara nada, pero dejo de insistir. Está visto que el hombre se niega a arrojar luz en las tinieblas de mi ano.

—¿Verdad que puede aprovechar la ocasión para quitarme la coliflor de un rebanazo?

—Hecho.

Se va y me deja tirada en mi charco de suero sanguíneo. Estoy sola. Me asalta cierto miedo preoperatorio. Una anestesia general me inspira la misma seguridad que si uno de cada dos anestesiados no volviese en sí tras la intervención. Me considero muy valiente por no echarme atrás. El siguiente que llega es el anestesista.

El narcotizador. Se sienta justo al lado de mi cabeza, junto a la cama y en una silla demasiado baja. Habla en tono muy suave, y a diferencia del doctor Notz se muestra más comprensivo hacia la desagradable situación en la que me veo sumida. Me pregunta cuántos años tengo. Si fuera menor de dieciocho, tendría que estar presente un tutor legal. Pero no lo soy. Le digo que soy mayor de edad desde este año. Me mira a los ojos con mirada escrutadora. La gente nunca me cree porque parezco más joven. Pero coñozco el juego. Pongo cara de puedes—creerme y le devuelvo una mirada fija a los ojos. Enseguida me mira de otro modo. Me cree. Adelante, pues.

Me explica el efecto de la anestesia, dice que deberé empezar a contar y que en algún momento me quedaré frita sin enterarme. Él permanecerá durante toda la operación en mi cabecera para controlar mi respiración y mi tolerancia a la anestesia. Ya. O sea que ese estar—sentado—demasiado—cerca—de—la—cabeza es una deformación profesional. De hecho, la mayoría de las personas no se enteran puesto que están dormidas. Y él tiene que achicarse y arrimarse a la cabecera para no interferir en el trabajo de los cirujanos. El pobre. Siempre acurrucado. Postura típica de su profesión.

El hombre ha traído un contrato que tengo que firmar. Ahí dice que la operación puede producir incontinencia. Le pregunto qué tiene que ver todo eso con el pipí. Sonríe y dice que en este caso se trata de incontinencia anal. Yo en Babia total. Pero de repente comprendo lo que podría significar:

—¿Quiere decir que pierdo el control del esfínter y me quedo chorreando caca a todas horas y en todas partes? ¿Que necesitaré pañales y oleré a eso siempre?

—En efecto. Pero no es frecuente —dice mi narcotizador—. Firme, por favor.

Firmo. Qué remedio. Si es lo que aquí exigen... Difícilmente puedo operarme yo misma en casa.

¡Santo cielo! Amado Dios que no existes, te ruego que eso no ocurra. ¡Pañales a los dieciocho! Cuando tenga ochenta, vale. Pero no quiero haber vivido sólo catorce años sin pañales. Además, no es que favorezcan precisamente.

—Señor narcotizado ya que es usted tan amable, ¿sería posible ver lo que me saquen una vez que esté terminada la operación? No me gusta que me quiten cosas y las tiren a la basura de los abortos y apéndices sin que pueda hacerme una idea del objeto. Quiero tenerlo en la mano al menos una vez y examinarlo detenidamente.

—Si usted quiere, claro que sí.

—Gracias.

Entonces me mete la aguja en el brazo y lo pega todo con cinta gaffa. Es el canal para la anestesia general que me va a poner. Dice que dentro de unos minutos vendrá un enfermero que me conducirá al quirófano. Después sale y, al igual que su colega, me deja tirada en medio de mi charco.

Lo de la incontinencia anal me tiene preocupada.

Amado Dios que no existes: si salgo de aquí sin ser una incontinente anal dejaré todas esas travesuras que me provocan mala conciencia. Por ejemplo, ese juego en el que mi amiga Corinna y yo vamos merodeando por la ciudad completamente borrachas y les arrancamos las gafas a los gañidos para partirlas por la mitad y tirarlas al primer rincón que encontramos.

Hacerlo requiere patas veloces porque algunos, de pura rabia, son capaces de correr muy rápido incluso sin gafas.

En el fondo es un juego idiota porque produce una excitación y una descarga de adrenalina que siempre nos pone sobrias. Un gran despilfarro. Después hay que emborracharse de nuevo.

Me gustaría mucho dejarlo porque por las noches sueño a menudo con la cara que ponen los desgafados: como si les hubiéramos arrancado una parte del cuerpo.

O sea que empezaría por renunciar a eso, y voy a pensar de qué más puedo abstenerme.

Quizás de lo de las putas, si fuera absolutamente necesario. Pero sería un sacrificio enorme. Preferiría que bastara con dejar lo de las gafas.

He decidido convertirme en la mejor paciente que este hospital jamás haya visto. Voy a ser muy amable con estos médicos y enfermeras desbordados de trabajo. Y voy a limpiar yo misma toda mi mierda. Ese suero sanguíneo, por ejemplo. En la repisa de la ventana hay un gran cartón abierto lleno de guantes de goma. Debe de ser para los exámenes clínicos. ¿El Notz ese se los puso cuando me desvirgó la ampolla del ano? Mierda, no me fijé. Junto al depósito de los guantes de goma hay una gran caja de plástico transparente. Un tupper para gigantes. A lo mejor contiene algo que me pueda servir para la auto limpieza. Mi cama está al lado de la ventana. Despacio y con mucho cuidado me estiro un poco, sin mover el culo inflamado, para alcanzar la caja. La acerco a la cama. Ay. Al levantarla y tirar de ella he tensado los abdominales, es como pegarle un cuchillazo a mi herida. Quieta. Cierra los ojos. Respira hondo. No te muevas. Espera a que el dolor se vaya. Abre los ojos. Ya.

Ahora puedo abrir la tapa. Qué excitante. La caja está a tope de compresas enormes, pañales para adultos, calzoncillos desechables, paños de gasa y paños forrados de plástico por una cara y de algodón por la otra.

¡Ojalá hubiera tenido algo parecido cuando entró Notz! Ahora la cama no estaría mojada. Es muy desagradable. De los paños necesito dos. Uno lo pongo con la cara de algodón para abajo, sobre el charco. Así lo absorbe. Y pongo otro encima para no tener que estar acostada sobre el plástico. Plástico sobre plástico y el algodón hacia arriba.

Bien hecho, Helen. A pesar del dolor infernal, eres tu mejor enfermera.

Alguien que sabe cuidarse tan bien como yo, seguro que no tardará en recuperar la salud. Aquí en el hospital tengo que preocuparme un poco más por la higiene que en la vida normal allá afuera.


La higiene con mayúscula no es lo mío.
En algún momento de mi vida comprendí que a las chicas y los chicos nos enseñan de manera distinta en cuanto al mantenimiento del aseo íntimo se refiere. Mi madre, por ejemplo, siempre me insistió en la higiene del chochito. En cambio, la higiene del pene de mi hermano le importaba tres pitos. Él incluso puede mear sin secarse el pene y dejar que las últimas gotas le caigan en los calzoncillos.

En nuestra casa el lavado del chocho se convirtió en toda una ciencia. Se dice que es muy difícil mantenerlo limpio de verdad, pero eso es una gran estupidez. Un poco de agua, de jabón y de frote frote, y ya está.

Cuidado con lavarlo demasiado. Primero, por la tan importante flora vaginal. Luego, por el sabor y el olor, fundamentales para el sexo. No hay que eliminarlos de ninguna manera. Hace mucho tiempo que vengo experimentando con el chochito no lavado. Mi objetivo es conseguir un aroma suave y embriagador que se note incluso con el pantalón puesto, ya sean unos vaqueros gruesos o unos pantalones de esquí. Eso no lo perciben los hombres de forma consciente, pero su instinto lo capta puesto que todos somos animales deseosos de copular. Y preferentemente con seres que huelen a coño.

Así cuando iniciemos un ligue, no podremos evitar sonreír todo el rato, ya que sabemos lo que llena el aire con esa fragancia dulce y sabrosa. He aquí el verdadero efecto que debe producir un perfume. Siempre nos cuentan que esas sustancias odoríferas nos hacen eróticos para los demás. ¿Y por qué no usar nuestro propio perfume, mucho más eficaz? En realidad el olor a chocho, polla y sudor nos pone cachondos a todos. Lo que pasa es que la mayoría de la gente está desnaturalizada y piensa que todo lo natural apesta y que lo artificial huele a gloria. Pero a mí me dan ganas de vomitar cuando pasa a mi lado una mujer perfumada, por discreto que sea su toque olfativo. Me pregunto qué querrá ocultar. A las mujeres también les encanta vaporizar los lavabos públicos después de haber defecado porque creen que de esa forma el ambiente recupera un olor agradable. Pero yo, quiera o no quiera, adivino los efluvios de la caca. Y cualquier olor rancio a pis y mierda me resulta muchísimo más grato que esos perfumes asquerosos que compra la gente.

Pero mucho peor que esas mujeres que vaporizan los váteres es un invento que se extiende cada vez más.

Y es que en los lavabos públicos, ya sean de restaurante o de estación ferroviaria, nada más cerrar la puerta de la cabina nos cae encima un chorro húmedo. La primera vez que me pasó llegué a asustarme de verdad. Pensé que alguien de la cabina de al lado me había tirado agua. Pero cuando miré arriba observé que en la parte superior de la puerta había una especie de dispensador de jabón que nada más cerrar la puerta regaba impepinablemente al cándido visitante con un spray ambientador de ínfima calidad. Te da en plena cara, en el pelo y en la ropa. Ya me dirán si eso no es la violación definitiva a manos del higienismo fanático.

Yo utilizo mi esmegma como otros sus frascos de perfume. Mojo el dedo rápidamente en el coño y reparto el moco detrás del lóbulo de la oreja. Visto y no visto. Hace milagros en el mismo besito de saludo. Otra de las reglas de mi madre era que los chochitos se enferman mucho más fácilmente que los penes, es decir, están más expuestos a los hongos, el moho y cosas por el estilo. Por lo que las chicas en los lavabos públicos o de otra gente no deben sentarse. A mí me enseñaron a mear en cuclillas, pero de pie y como flotando libremente sobre el miasmático asiento del retrete. Pero ya he descubierto que muchas de las cosas que me enseñaron no son ciertas.

De manera que me he convertido en un autoexperimento vivo de higiene chochil. Me chifla no sólo repantigarme en cualquier asiento de retrete sucio, sino limpiarlo previamente con mi chochito efectuando un artístico meneo circular de las caderas. Cuando poso mi chocho sobre el asiento se produce un hermoso ruido chasqueante y todos los pelos púbicos, gotas, manchas y charcos dejados por otras son absorbidos por mi cosita, no importa la consistencia y el color que tengan. Llevo ya cuatro años practicándolo en todos los retretes (he de confesar que prefiero los lavabos unisex de las áreas de servicio de la autopista) y nunca he tenido un solo hongo. Mi ginecólogo, el doctor Brökert, puede confirmarlo.

Sin embargo, una vez tuve la sospecha de tener mi chochito enfermo. Cuando estaba en el váter y soltaba la musculatura de las partes bajas para dar vía libre al pis, después, al mirar al fondo de la taza (me encanta hacerlo), veía flotar en el agua un mazacote de mucosidad blanca y blanda; de esa que, como el champán, hace subir burbujitas e hilillos a la superficie.

Tengo que decir al respecto que suelo estar muy húmeda, tanto que podría cambiarme de bragas varias veces al día. Pero no lo hago, me gusta acumular. Pues sí, el mazacote de mucosidad empezaba a nublarme el ánimo. ¿Habría estado yo enferma todo ese tiempo? ¿Sería mi lubricante la consecuencia de una infección de hongos causada por mis experimentos en el váter?

El doctor Brökert me tranquilizó. Resulta que tengo una mucosa muy mucosal, muy sana y la mar de activa. Bueno, no se expresó de esa manera, pero quiso decir lo mismo.

Mantengo un íntimo contacto con mis excreciones corporales. Lo de la mucosidad del coño, por ejemplo, me llenaba de orgullo cuando me magreaba con los chicos. Acercaban el dedo a los labios de la vulva y, ¡zas!, para dentro, como en el tobogán de la piscina.

Tuve un amigo que durante el magreo cantaba «Ríos de Babilonia». Ahora que lo pienso, podría convertirlo en un negocio, envasando tarritos para mujeres secas que tengan problemas de secreción. Al fin y al cabo es mucho mejor pringarse de mucosidad auténtica de fémina que usar uno de esos lubricantes artificiales. Además, huele a chocho. Pero quizás sólo querrían usarlo las mujeres que te coñozcan; quizás una mujer extraña sentiría asco de las mucosidades ajenas. Sería cuestión de probarlo. Tal vez con una amiga.

Me gusta mucho comer y oler mi esmegma, y la verdad es que me he ocupado de los pliegues y repliegues de mi coño desde que empecé a razonar. Tengo el pelo largo (el de la cabeza) y a veces un cabello caído se me extravía por los recovecos de la vulva. Es excitante tirar de esos pelos, hacerlo muy despacio y sentir por cuántos recovecos se ha enroscado. Cuando termino siempre me cabreo y deseo tener el pelo todavía más largo para prolongar la sensación de placer.

Es un placer muy poco frecuente. Igual que esa otra cosa que me pone cachonda: cuando estoy sola en la bañera y me sale un pedo, trato de encauzar las burbujas de aire por entre los labios de la vulva. Lo consigo pocas veces, aún menos que lo del pelo, pero cuando me sale siento las burbujas como bolas duras que se van abriendo camino entre mis labios calientes y fangosos. Cuando lo logro, digamos una vez al mes, mi bajo vientre entero empieza a hormiguear y el chochito me pica tanto que no tengo más remedio que rascarlo con mis uñas largas hasta correrme. El picor del coño no lo calma sino una rascadura intensa. No paro de rascar con fuerza entre los labios menores de la vulva, que llamo crestas de gallo, y los mayores, a los que les he puesto medias lunas, y en algún momento doblo las crestas de gallo hacia la derecha y la izquierda para rascar el picor en el ojo del huracán. Separo las piernas hasta que me cruje la articulación de la cadera para que el agua caliente pueda entrar a raudales en la vagina. Cuando estoy a punto de correrme me doy un fuerte pellizco en el clítoris, al que llamo trompa perlada, lo que hace elevar mi cachondez a cotas inverosímiles. Pues sí, es así como se hace.

Volvamos al esmegma. He consultado la enciclopedia para saber qué es exactamente. Corinna, mi mejor amiga, me ha dicho alguna vez que eso sólo lo tienen los hombres.

¿Y qué es entonces lo que siempre hay entre mis labios (de abajo) y en mis bragas?, pensé, y no lo dije por no atreverme. La enciclopedia daba una explicación larga de lo que es el esmegma. Por cierto, el de las mujeres se llama igual, toma ya. Pero una frase se me ha quedo grabada:

«Las acumulaciones de esmegma que se aprecian a simple vista sólo pueden formarse en casos de falta de higiene íntima.»

¿Cómo? ¿Perdón? ¡Vaya morro que tienen! Yo las acumulaciones de esmegma las detecto al final de cada día, y a simple vista, por mucho que me haya lavado por la mañana los pliegues del chocho con agua y jabón.

¿Pero qué se creen? ¿Que una va a lavárselo varias veces al día? ¡Qué mejor que tenerlo escurridizo, con lo útil que es eso para ciertas cosas! El concepto de «falta de higiene íntima» es elástico. Igual que un chocho. Basta ya.

Saco de la caja de plástico transparente uno de los pañales para adultos. Madre mía, son enormes. Tienen en el centro un gran rectángulo forrado de algodón grueso y están dotados de cuatro alas grandes de plástico delgado para cerrarlos sobre la cintura. Seguro que con ese tamaño les sirven también a los viejos gordos. Pues no, no quiero tener que usarlos en un futuro próximo. Por favor. Llaman a la puerta.

Entra un enfermero sonriente con peinado de cacatúa.

—Buenos días, señorita Memel. Mi nombre es Robin. Ya veo que se está familiarizando con su material de trabajo para los próximos días. Le van a operar el ano, un lugar poco higiénico, por no decir el menos higiénico de todo el cuerpo. Con las cosas que tiene en la caja podrá cuidar la herida usted sola después de la operación. Le aconsejamos que se meta en la ducha por lo menos una vez al día, con las piernas separadas, y se lave la herida con la alcachofa. Procure que algunos chorros de agua le lleguen adentro. Verá que con un poco de práctica funciona muy bien. Limpiar la herida con agua le resultará mucho menos doloroso que hacerlo con trapos. Después de la ducha sólo tiene que secarla cuidadosamente con una toalla. Y aquí le he traído un calmante. Ya lo puede tomar, le hará más suave el paso a la anestesia general. Enseguida empieza el emocionante viaje.

Las instrucciones que me ha dado no me suponen ningún problema. Sé perfectamente cómo meterme unos chorros de agua en el cuerpo. Mientras Robin me empuja en mi cama de ruedas por los pasillos del hospital y los tubos de neón vuelan a gran velocidad sobre mi cuerpo, deslizo furtivamente la mano debajo de la manta hacia mi monte de Venus para calmarme en este trance preoperatorio. Me distraigo del miedo pensando en cómo me ponía cachonda con la alcachofa de la ducha cuando era muy joven.

Empezaba por proyectar el agua contra la parte exterior del chocho, después levantaba las medias lunas para dar con el chorro en las crestas de gallo y la trompa perlada. Cuanto mayor el impacto, mejor. Tiene que arder de verdad. Cuando alguna vez un chorro acertaba de lleno en la vagina notaba que era justo eso lo que yo buscaba. Llenarla hasta el tope y volver a soltarlo todo.

Para hacerlo me siento con las piernas cruzadas en la ducha, me echo un poco para atrás y levanto ligeramente el culo. Después aparto los labios, tanto mayores como menores, a ambos lados, que es su sitio, y me introduzco despacio y con cuidado la gruesa alcachofa de la ducha. Para eso no necesito ningún Pjur, ya que tan sólo con imaginarme que lo voy a llenar completamente mi chochito se pone a producir mucosidad a lo bestia. Pjur es el mejor lubricante porque no se absorbe y es inodoro. Odio las cremas deslizantes perfumadas. Cuando la alcachofa por fin está dentro, lo que tarda bastante porque tengo que dilatarme mucho, la giro de tal manera que la parte con los orificios de chorro quede hacia arriba, apuntando al cuello, la boca, el ojo o como se llame, del útero, allí donde un hombre de polla larga llega a tocar en determinadas posturas. Entonces abro el agua a tope, junto las manos en la nuca (las dos están libres porque el chocho sostiene la alcachofa solo), cierro los ojos y me pongo a canturrear «Amazing Grace».

Después de cuatro litros intuitivos cierro el grifo y saco la alcachofa con suma cautela para que salga la menor cantidad de agua posible. Porque la necesito para después, para derramar mi placer. Con la alcachofa golpeo mis medias lunas, hinchadas de tanto apalancarías, hasta que me corro.

Suelo llegar muy rápido, siempre que no me molesten. Con esa sensación de relleno total que me da el agua, lo consigo en pocos segundos. Cuando me he corrido me sobo con una mano el bajo vientre y meto al mismo tiempo todos los dedos de la otra mano en lo más hondo del chocho, abriéndolos en abanico para que el agua salga tan disparada como entró. La mayoría de las veces esa evacuación me produce otro orgasmo. Esto es para mí una masturbación bella y exitosa. Después de esa juerga acuática tengo que estar horas y horas amontonando capas de papel higiénico en las bragas porque con cada movimiento que hago vuelven a salir chorros de agua que me dejarían la ropa tan empapada como el pipí. Cosa que no quiero.

Otro aparato sanitario que va estupendo para esos menesteres es el bidet. Mi madre siempre me lo sugería para darse un refrescón en los bajos después del sexo. ¿Pero para qué?

Cuando folio con alguien llevo con orgullo su esperma en todos los resquicios del cuerpo, en los muslos, el vientre y donde me haya regado su leche. ¿Por qué esa gilipollez de lavarse después? Si te dan asco las pollas, los espermas y esmegmas, apaga y vámonos. A mí me gusta que el esperma se seque en la piel y forme costras que se van descascarillando poco a poco.

Cuando se la pelo a alguien, siempre procuro que quede un poco de esperma en mis manos. Luego rasco el esperma con mis uñas largas y lo dejo que se seque en la zona subungular para luego, en el transcurso del día, sacarlo a mordisquitos, darle vueltas en la boca, masticarlo y tragarlo después de un largo proceso de derretido y saboreo. Así tengo un recuerdo de mi buena pareja folladora, o sea, un caramelo conmemorativo del encuentro sexual. Es un invento del que estoy muy orgullosa.

Lo mismo vale para el esperma que ha ido a parar al chochito. ¡Precisamente no hay que destruirlo con el bidet! Hay que llevarlo con orgullo. Al instituto, por ejemplo. Horas después del sexo, el cálido flujo sale del chochito cual grata sorpresa. Estoy presente en el aula pero mis pensamientos me transportan al origen del esperma. Sentada en mi charco luzco una sonrisa beata, mientras al frente el profesor habla sobre las maneras de demostrar la existencia de Dios. Así es como se aguanta la escuela. Esos puentes líquidos entre mis piernas siempre me ponen muy contenta y entonces mando un SMS al puentífice, o sea, al pontífice: Me está saliendo tu esperma caliente. Gracias.

Mi mente vuelve al bidet. Quería imaginar todavía cómo lo uso para llenarme a tope, pero no queda tiempo. Hemos llegado a la antesala del quirófano. Después seguiré reflexionando sobre el tema. Ya nos está esperando mi narcotizados Conecta una botella a la cánula de mi brazo, la cuelga al revés en un soporte con ruedas y me dice que empiece a contar.

Robin, el simpático enfermero, se va y me desea mucha suerte. Uno, dos...

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